La luz de la mañana entraba por toda la habitación. Las dobles cortinas de gasa situadas en la puerta del balcón no eran suficientes para cubrir su onda expansiva, aunque las puertas fueran de lamas de madera y estuvieran totalmente plegadas. Luca no soportaba la claridad, debería recurrir a alguna otra cosa si quería descansar durante toda la estancia. Al menos podía cerciorarse que el hotel era mucho mejor que el de las otras veces. Debían pasar desapercibidos, nada de grandes ostentaciones, así que debían comportarse de manera sencilla. Las habitaciones eran pequeñas pero suficientes para el uso que les debían dar. La suya era blanca con detalles verde pistacho, sin cortinajes pomposos, ni edredones clasistas, ni moquetas residentes de ácaros y suciedad. En la continua se situaba la de Mika, también blanca con detalles en azul marino. Todas estaban dotadas de poco mobiliario, un pequeño escritorio, un armario ropero y un televisor de plasma, unos pequeños cuadros a juego con el resto de la estancia y los enseres de aseo indispensables.
Luca consiguió acercar su móvil para ver qué hora de la mañana era, las siete y media. Se levantó tan rápido como le permitió su cuerpo. No debía tardar en ducharse porque había quedado con Mika a las ocho y media en el vestíbulo del hotel para ir a desayunar. Se puso sus pantalones cortos de color azul y una camisa blanca de lino, cogió la cámara fotográfica que les habían proporcionado e inmediatamente bajó al punto de encuentro. Respiró al no encontrar a Mika, al menos no discutiría con ella de esa puntualidad que tanto le perturbaba. Salió a la calle para respirar el aire puro de la mañana y mientras sus pensamientos sobre su fiel compañera le hacían sonreír, alguien depositó su mano en su espalda.
- ¡Buenos días! –Le insinuó alegre Mika.
- ¡Muy buenos días señorita, si qué está alegre hoy! –Le contestó divertido.
- No puedo decirte que no, esta ciudad me transforma, es increíblemente fascinante. Cuando te levantas pensando que vas a desayunar un buen capuchino en sus hermosas calles, sabes que es la mejor manera de empezar la jornada laboral, ¿no crees?
- Jajaja, qué divertida que estás así, nunca te había visto de esta manera.
- Ahora sí que no te entiendo, ¿qué tengo de diferente? –Le pregunta extrañada.
- Tienes un brillo especial, eres como una niña con un vestido nuevo.
- Quizá sea porque esta ciudad me convierte ¡y no me mires así que me asustas!
- ¡No digas tonterías, mujer! Solo que tu regia actitud se ve suplantada, la mujer de hierro muestra que tiene sentimientos.
- ¡Ehhh! ¿Qué no soy un monstruo?
- ¡Venga, vamos a por nuestro Smart a conquistar aventuras! Che cosa è Roma!