Cuando se sentó en su Audi A3 negro, escuchó como el cierre centralizado aislaba su mundo del exterior. Dejó su café en el porta vasos e introdujo la llave en el contacto percibiendo el ligero sonido del motor. Inspiró profundamente, dejando salir su propio oxígeno, volvió a tomar un sorbo más de café y salió al asfalto camino de su rutina laboral. Como cada mañana las rondas se acumulaban de vehículos, de humareda, de insolencia y pesadumbre. A pesar de su concentración, entre cada espacio que se detenía, su pensamiento le inducía a aquella infinita noche en que las cortinas de muselina bailaban al ritmo de la brisa, donde todo se volvió auténtico y real y el tacto y aroma de aquella sedosa piel, lo mantuvo al borde de esa delgada línea restringida por su propio raciocinio. Aun así, supo que esa única vez pudo sentirse él mismo, libre y feliz.
El claxon de un Seat Ibiza impaciente le hizo volver a la realidad y despertar de ese sueño inminente y fugaz. Puso primera y aceleró el coche para evitar un atasco mayor hasta llegar al aparcamiento del edificio central de su sede. Estacionó su automóvil en la plaza número quince, que le habían adjudicado tres años atrás y se introdujo en el ascensor hasta la cuarta planta. Salió hacia su despacho con el rastro del perfume que había dejado impregnado en el ascensor su compañera Mika, su aroma era inconfundible. Cerró la puerta al entrar, pero ella no estaba sentada en su butaca, aunque su ordenador permanecía encendido y su mesa ocupada por algún expediente activo.
Extrajo la documentación de su maletín, con su vieja pluma Sheaffer, y puso toda la maquinaria en marcha para empezar el día. Tardó un poco en poder acceder a su correo, hoy era el día en que debía cambiar su contraseña de inicio de sesión, reiniciar el pc e instalarse las actualizaciones pertinentes.
- ¡No hay otros momentos para realizar esas jodidas actualizaciones! –Balbuceó en voz alta un poco molesto. En ese instante entró su compañera abriendo la puerta con una fuerza mayor de la que debía ejercer, provocándole un sobresalto.
- Lo siento, nunca mido mi potencia femenina. ¡Ah, buenos días Luca! –Espetó con la fuerza que la caracterizaba. –Por cierto, ¿ya empiezas a hablar solo? ¿Qué puede pasar el viernes?
- No intentes ser irónica, Mika, venía hoy de muy buen humor.
- Va bien saberlo. ¡Ah por cierto, la reunión semanal que tenemos, se ha retrasado hasta las once de la mañana!
- ¡Vaya, veo que las costumbres siguen impresas! –Le respondió mientras ella dibujaba en su rostro una tímida sonrisa.