Después de tres días consecutivos en Roma, ella seguía esperando paciente el momento preciso. Según las instrucciones que le dieron a seguir en cuanto a su conducta, debía proceder y comportarse como una turista aprovechando unas cortas vacaciones que le quedaban. No conocía en absoluto que pasos debía seguir, pero era perfectamente consciente de cuál era el procedimiento, así que debía estar alerta, porque cada pequeño detalle podía ser primordial en cualquier suceso.
En su corta estancia, ya había recorrido gran parte de la ciudad memorizando sus calles. Había visitado el Panteón, la Piazza Navona, la Basílica de San Pedro, el Coliseo, el Foro Romano, y otras fascinantes obras de la capital, pero todavía le quedaba mucho por descubrir. Aun así, no había perdido el tiempo, se había preocupado investigar algunas de las entradas y salidas que debía tomar en caso de que, en un determinado instante, se viera envuelta en un incidente del que debía desaparecer. Ella había sido entrenada para eso, estaba perfectamente capacitada para ver, analizar, extraer y proceder. Sus años de adiestramiento le habían ofrecido la oportunidad de desarrollar al máximo sus habilidades.
Por la noche volvió a acceder a su triste mesa situada en la azotea del hotel, sentía curiosidad por saber si volvería a ver a aquel atractivo y peculiar hombre, y no por nada en especial, sino porque ellos dos eran los únicos que destacaban entre todas las parejas que se encontraban allí. La persona destinada a su servicio la acompañó como siempre lo hacía, pero por sorpresa encontró alguien sentado en su lugar.
- Creo que se ha equivocado señor Manini, si no me falla la memoria aquí debo cenar yo cada noche. –Le indicó educadamente a su camarero.
- Señorita Mir, el Señor Lucchetti ha insistido en que se sirviera hoy su mesa para los dos. –Le informó paciente mientras ella no salía de su asombro.
- No se preocupe, así será. –Afirmó sonriente sin querer entrar en ninguna discusión. Ella debía pasar desapercibida, no podía permitirse crear ningún ambiente hostil.
- Perfecto señorita Mir, me permito ofrecerles nuestro mejor coctel. –Les comunicó a los dos comensales.
- Gracias señor Manini. –Cuando se alejó a preparar las copas, ella aprovechó para entablar conversación con su nuevo ocupante. –Bueno, no hemos tenido el honor de presentarnos, señor… ¿como ha dicho… Lucchetti? –Le transmitió irónica.
- Cierto, señorita Mir, pero salvo la distinción que nos han realizado, prefiero que me llame por ni nombre, Paolo. ¿Me deja tutearla también? –Le respondió con sarcasmo con un acento profundamente nativo.
- El mío es Agnes, encantada, y sí, puede tutearme. –Por sorpresa, él se levantó de su silla y sin dejar de mirarla a los ojos, la cogió de la mano llevándosela a sus labios y la besó como si se tratara de un antiguo caballero. Después sin inmutarse, volvió a su posición en la mesa, como si esta acción fuera lo más natural del mundo. Agnes intentando representar su papel, simuló una leve timidez.
- Bien, ¿y a qué se debe este placer? –Le preguntó sorprendida.
- He observado que lleva días cenando sola y como mi situación es similar, me he permitido la libertad de que hoy nuestra velada sea menos aburrida.
- Es un atrevimiento un poco arriesgado, ¿no crees? –Le aseguró ella esperando su reacción.
- Es posible, pero quien no se arriesga en esta vida… hay que ser atrevido y visionario.
- ¡Jajaja, y ocurrente por lo que puedo ver! –Insistió.
- No lo sabes bien. Por cierto, ¿me permites que sea yo quien escoja nuestra cena? Conozco bien el hotel y su especialidad es envidiable. –Le preguntó quitando hierro al asunto.
- ¡Vaya! Un desconocido se permite la osadía de ocupar mi mesa, se asegura de que yo cene con él y además selecciona la comida, ¿qué más puedo esperar? –Le insinuó mordazmente.
- Por supuesto, pero prefiero no revelarte todo lo que puedo ser capaz. Dejemos la incógnita sin despejar, ¿no te parece?
- ¡Factor sorpresa! –Le contestó ella impresionada.
- ¡Exacto!
- Entonces te permito que pidas por mí, ¡adelante Paolo!