Sobre el soleado atardecer del Ponte Sisto, Agnes, estaba sentada bajo la fría roca observando las sombras que proyectaban los edificios con las últimas radiaciones solares. La calma del río Tiber la transportaba a una tranquilidad absoluta contrariamente a su agitada y obstaculizada existencia. Su aspecto juvenil y sofisticado hacían que pareciera una adolescente entre la multitud. A pesar de su edad y experiencia, ese factor era importante y favorecedor para su profesión, por eso la convertía en una joya difícil de encontrar, y ella conocedora de su potencial, lo explotaba al máximo.
Observaba el paso de los turistas ejercitando sus facultades analíticas, esperando poder captar alguna cosa distintiva y emocionante, pero la comunicación verbal y no verbal, no le aportaban ninguna pista. Miró su reloj pulsera, aquella que conectaba con su móvil y observó que era la hora de volver a la habitación del hotel. No había comido nada durante el día y a pesar de que carecía de apetito, era consciente que tenía que alimentarse. Se dirigió caminando hacia él, ya que no se encontraba muy lejos de su ubicación, disfrutando de sus últimos pasos de la tarde. Al llegar a la habitación, decidió darse una refrescante ducha y empezar a vestirse para acudir a su cena.
En la terraza del hotel Ponte Sisto, estaba predispuesta su mesa para dos sin acompañante, justamente en el ángulo donde la panorámica de Roma era extraordinariamente impactante. Visitar Roma y hospedarse en un lugar idílico sin una pareja no era lo que se llamara una buena opción, pero ella era totalmente consciente de que se encontraba allí esporádicamente por trabajo, así que desvaneció totalmente ese agradable pensamiento. Además, Agnes no era una mujer de rosas y violetas, ni de campanillas y mariposas, el paradigma de su filosofía era el pragmatismo, todo lo demás no entraba en su círculo de acción. Pidió una tosta con salmón y queso y un mini timbal de arroz a la crema de calabacín y gorgonzola. Mientras degustaba su preciada cena, la envolvía una niebla de música clásica adaptada y ambientada para la ocasión. El resto de mesas de la azotea, estaban ocupadas por parejas que simulaban un amor incondicional, – ¿había alguna cosa más absurda? –se preguntaba. De repente le llamó la atención una de las mesas situadas en paralelo a la suya, en ella se encontraba un hombre solitario de unos treinta y cinco años de edad que andaba enfrascado en su IPhone. Bajo su atento escrutinio le parecía muy atractivo, pero sin saber por qué, tenía la corazonada de que algo debía vincularle a él.