La cálida y tostada arena cubría parte de sus pies y el sol acariciaba todo su cuerpo, pero donde más lo sentía era en su rostro. Levantó un poco su cuello mirando el tranquilo mar sin oleajes. Su color aguamarina le recordó la intensidad de los ojos de Eric y la hizo sonreír. La tranquilidad de esas playas apaciguaba toda su energía y la transportaba a otra realidad de su vida diaria. Se merecía unas buenas vacaciones después de tanto tiempo de esfuerzo, así que, esa era la única vez que las estaba disfrutando como se merecía. Nada de teléfonos, ni correos electrónicos, ni mensajes intrigantes que la hubieran hecho levantarse y correr a su rutina. Su objetivo era un libro, una sencilla y divertida compañía y disfrutar el día a día, no pedía nada más. Escogió su destino depositando cinco paraísos que para ella eran idílicos escritos en papel, para seleccionar uno de ellos al azar. Como los cinco eran lugares donde quería visitar, cualquiera de ellos era más que una buena opción.
Se sentó en su toalla para seguir contemplando el paisaje. Miró su reloj, eran las 17:30 de la tarde, hora de levantarse y marchar al hotel. Después de una ducha refrescante, se tumbó en su cama con la mente en blanco. Eric entro en la habitación en silencio y pudo observar que ella estaba relajada y con los ojos cerrados. Tenía una rosa blanca en la mano, no quería que lo viera, pretendía que fuera una sorpresa, así que, de puntillas y sin hacer apenas ruido, se le acercó para rozar sus labios. Pero antes que pudiera disfrutar de ello, se encontró sin poder evitarlo, en el suelo junto a la cama, inmovilizado y silenciado.
- Lo siento Eric. –Declaró ella, sin pensar que había pasado y lo dejó ir. Él se levantó aturdido, recogió la rosa que voló por los aires cayendo cerca de la mesita y volvió a recomponerse.
- ¿Es que has estudiado artes marciales Beth? –Le espetó un poco asustado.
- Pues has dado en el clavo. –Le contestó haciéndose la nerviosa. –Mis padres me inscribieron a karate cuando era pequeña, para aprender a defenderme en caso de violencia. –Le explicó justificándose.
- Pues aprendiste muy bien la lección. –Le insinuó haciéndole un guiño y sentándola en el borde de la cama. Se le acercó sin dejar de mirar sus intensos ojos hasta que sus labios quedaron unidos.
Cuando Eric estaba con ella, el mundo se detenía y ni tan solo recordaba quien era, Beth o Mika, Mika o Beth. Su mente se desvanecía en más de cien sentimientos entremezclados.